Melódicos acordes lanzados al viento por el ancestral cuerno teñían de carmesí el crepúsculo cuando la reina de la noche, ataviada de fulgurante blancura, iniciaba su solemne procesión acompañada de frescas y ligeras brisas egeicas.
Con sensual movimiento labial, la almuecina abandonaba la concha entre sus nerviosas manos, de las

que pendían rosadas perlas, para depositarla en ritual protocolo sobre el verde manto del minarete.
El susurro de las olas marcaba el ritmo que los delicados pies de las doncellas seguían mientras acariciaban los aterciopelados pétalos, orgullosamente erguidos para ser testigos de la ceremonia. Sus cabellos de plata se mecían en la fragancia marina, la piel tersa y bronceada insinuaba sus armoniosas curvas que con graciosa majestad se deslizaban en el aire, los pechos altivos, difuminados por lácteo satén, proclamaban su feminidad botticcelesca.
Era la hora, la hora de Safo, la diosa, la poetisa, la virgen, la mujer..., la hora en que el Egeo, imitando a su compañero el Rojo, se abría, se partía en dos. De sus entrañas emergía cual sirena la diosa, la poetisa, la virgen, la mujer..., cuasi desnuda, de nevadas transparencias, pura, inmaculada, con grácil caminar se aproximaba a la orilla a través de serpeantes senderos de espuma blanca.
Sobre la dorada arena, el incesante fuego divino purificador de hembras, auténticas protagonistas de

Lesbos, proyecta sobre el suelo estilizadas siluetas de inusual belleza engarzadas al estilo mudéjar. Expectantes aguardan la llegada de la musa, mitad diosa, mitad fémina; mitad música, mitad danza; mitad marmólea, mitad etérea.
Raudos latidos anuncian al unísono su prócer presencia, al tiempo que una desbordante lasitud se hace presa de los tendidos cuerpos henchidos de paz sepulcral, bajo petrificadas nubes que arrullan al dormido mar.
La décima musa, según Platón, inicia la parafernalia encabezando el peregrinaje hacia la casa de Afrodita, a la sazón escuela literaria, seguida por sus émulas lesbenses, entonando epitalamios o cantos de himeneo con voces angelicales de inusitada pasión y desbordante alegría.
Pentélicos escalones de acceso a la academia servían de tribuna a los vespertinos conciertos cuya belleza acústica dejaban atónitos a lidios y mitilinenses, a sicilianos y atenienses. La natural coreografía se completaba con la danza de las vírgenes en inestable sucesión de pasos e inextricable equilibrio de tules y extremidades.
Extenuados los frágiles cuerpos por el agotador contorneo, se acomodaban con pausada elegancia en el

salón de las columnas, donde la maestra, de impecable presencia y rutilante azabache en perfecto contraste con su blanca sonrisa, recitaba con una dicción tal, que ni el propio Demóstenes llegó a superar. Poetisa del amor, de la belleza, de la pasión que despierta este sentimiento en los enamorados sin distinción de sexo, ni ideología, ni religión. Poetisa del deseo, de la atracción, del clímax, del desvanecimiento, del olvido. Profundamente intimista, utilizaba su lengua vernácula para penetrar sin obstáculos en los corazones oyentes que escuchaban entusiasmados los cantos a la Naturaleza, en ocasiones frondosa, otras lampiña; ora exuberante, ora raquítica; a veces incolora, otras vestida de arco iris, pero siempre vitalista, exultante, celosa, autóctona de su isla natal y en extraña relación con sus hermosas admiradoras.
La métrica muy cuidada, de minuciosa y artesana elaboración, constituye la más original estrofa griega denominada "sáfica", evocadora de la genialidad y carácter de su autora, fruto de la combinación de otros metros por ella utilizados como el dístico, estrofas de tres y cuatro versos, etc., etc.
Despierta la admiración de Alceo con quien Aristóteles la une, Platón la llama "Décima Musa" y Plutarco "Bella Safo", su influencia en Teócrito, Cátulo, Horacio y Ovidio es

obvia, Racine la evocó en Fedra y Delacroix la representa con los poetas del Parnaso, sin embargo como mejor se la define es con sus propios versos: "Cual la dulce manzana colorea en la alta rama, en la cima de la rama más alta los recolectores la han olvidado; no, no la han olvidado, antes bien no han podido alcanzarla".
Se le ha hecho morir poéticamente de amor, precipitándola al mar desde la roca Leucadia para escapar de los tormentos que le provocaba la pasión no correspondida del mitológico Faón. También se le ha rendido cumplido homenaje como heroína muerta en el destierro siciliano, no obstante, quizá sea Pinitos quien de forma más correcta pase la hoja de su historia al decir: "La tierra no cubre de Safo màs que las cenizas, los huesos y el nombre; su discreto canto disfruta de la inmortalidad".